20/05 He vuelto al mar

Cierro los ojos. ¿Qué hay allá afuera?
¿Por qué de repente pienso más en el mundo de "afuera" con sus motos, su gris asfalto, policías, calles y carreras, ubicaciones, palomas, faroles y cielos? No quiero decir nada de mí misma. No quiero existir en este mundo interior tan fuerte, como un callo, como la pequeña protuberancia de piel gruesa en mi dedo índice. "No tarda en salirte callo, dijo G." Yo no le creí, pues no me vi insistiendo en las cuerdas de la guitarra. Pero ella tenía razón. Tres o cuatro días de insistencia y se fue formando un pequeño callo.
La rueda de la resistencia, la rudeza y la tenacidad de la piel. La música.
Algunos tatuadores ya empezaron a abrir sus locales y  agendas de citas allá afuera.
A F U E R A

Afuera están las vías, las carreteras, la salida al mar. El mar al que entro por un puerto que tiene un muelle antiguo, recubierto en rústica madera. Blanco y azul, en lo que para mí es el corazón de lo poco que conozco de Buenaventura. Una lengua turbia de mar lame la playa nauseabunda que circunda al puerto y me anuncia maravillas, yo habría preferido un paisaje sin pañales de plástico taponando los caños próximos al municipio. Para mi alegría, a este paisaje le sigue otro. Me vuelvo pequeña y frágil ante la aparición de Bahía Málaga, donde el estilo de vida de quienes la habitan de forma ancestral ha permitido el sostenimiento de recursos y especies naturales. Los caseríos que me encuentro en el trayecto de la bahía de Buenaventura hacia el delta del río San Juan parecen tener una tasa de recuperación más armonizada que la de la ciudad. Algunos de esos lugares han padecido los estragos del turismo, que trae su gran cuota de contaminación y desechos, además de la perpetuación de prácticas esclavistas y coloniales en el Pacifico, un lugar que concentra gran parte de la población étnica de Colombia. Pianguita, La Bocana, Guapi, Chucheros, La Barra, Juan de Dios... Empiezo  recordar.

Yo me acostumbré al recorrido por vía marítima durante una temporada de tres años, en que iba más o menos cada seis o siete meses, sin intermitencias. Entonces yo gozaba de vacaciones más regulares, de aproximadamente cuatro meses al año. Después, seguí visitando con menor frecuencia. Si mucho, una vez cada año. Disfrutaba el mar como nada más en la vida. Ningún tiempo era tan gozoso, voluptuoso y lúbrico para mí como el tiempo en el mar, sobre todo en el mar Pacífico, mezcla de luz y oscuridad, humedad y austeridad, calma y violencia.
Extraño el sabor a sal y la magia de su gente, que yo aprecio especialmente en su culinaria.

Afuera está el mar.
Vale la pena seguir aguantando un poco más por la promesa de ver de nuevo el mar, de volver a viajar. La esperanza del afuera que se parece tanto a la utopía de la libertad. El afuera de las memorias y de los sueños, el afuera de los deseos, las alas, los vuelos, del mar.

Este texto ha sido ante todo una meditación sobre ese mundo tan amado al que tanto quiero volver,  porque no sé lo que es cansarse de recorrerlo. Nunca el cansancio ni el miedo me impidieron ver el mar, de llegar hasta allí, hasta ese lugar que reconocí, que me cambió la noción del Tiempo y me hizo sentir otra vida. He vuelto al mar apenas rozando el afuera.

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