13/05 Los nervios son una buena señal de que algo nos importa
G. me dijo esa frase por celular. Estábamos hablado de los nervios que sentíamos de vernos el día viernes.
Los viernes puedo salir, junto a otros cientos de personas que también tienen una cédula terminada en 8 o en 9. Cuando la alcaldía publicó esa decisión, pensé que debía ser una macabra broma del destino. Tengo permitido salir los viernes, pero ya no sé qué es un viernes afuera. El viernes era uno de mis días preferidos de la semana. Cuando terminé el pregrado me inscribí en un par de diplomados. Las clases eran los viernes en la noche y los sábados por la mañana. Los viernes después de clase salía del edificio de Humanidades y pasaba por la plazoleta de banderas, llena de gente, música, ruido, tablas de skate, humo y alcohol. Buscaba rostros conocidos entre la multitud, alguien con quien compartir una poker y decidir un plan. Durante un buen tiempo N. fue ese alguien. Salíamos de Meléndez rumbo a la quinta, queríamos salsa, aunque no siempre estuviéramos de ánimo para bailar.
Pienso en la noche y en el sudor de los cuerpos bajo el calor de Cali. Aunque los viernes en la noche, todo el mundo parecía darse licencias con el calor y la incomodidad. Cristo Rey con sus brazos abiertos gritaba desde encima de su cerro "¡Bailen!". ¿Qué más hace la gente sino obedecer mandatos silenciosos y ocultos?
Ya no soy una joven recién graduada que no se quiere desprender de su universidad. Ya no paso por banderas. Ya banderas no está llena de gente y la sola idea de una multitud de personas parece algo profano y prohibido, pero, por lo mismo, delicioso y atrayente. No debe haber nadie en banderas, ni hoy, ni los viernes, ni ningún otro día de la semana. Las universidades están cerradas, más que eso, clausuradas. Imagino que algún hombre de mantenimiento pasea por banderas y sopla las hojas secas de los árboles con su máquina colgada a la espalda, de la que sale un tubo como trompa de elefante. Detesto el sonido de esas máquinas. Los micos pasean por las palmas y por las copas de los árboles y reina el canto de las aves.
Hace más o menos un mes, las cosas amadas empezaron a punzar en el vientre. Entonces recordé ese árbol de banderas, el de las raíces prominentes donde me sentaba a leer y a conversar. N. me dijo que iríamos cuando todo esto pase. Volveremos a ese árbol. Es una promesa.
Ya no me acosa tanto la idea de la muerte, ni la de la enfermedad. Digo esto a pesar de que anoche casi no logro conciliar el sueño, atacada por un fastidio mental, algo como una paranoia. Sentía dificultad para respirar. Al comienzo, las primeras dos semanas de la cuarentena, temía mucho estar infectada y desarrollar los síntomas Temía mucho morir. G. y yo incluso garabateamos testamentos. Fue como si la muerte, la gran desterrada del mundo occidental, hiciera su campante reaparición. Sigue ahí, sigue ahí afuera con ese velo cubriéndolo todo. El mandato de muerte, no solo por el virus y la enfermedad, sino por la pobreza, el hambre y la violencia. Pero ya no me asusta tanto. Ahora la encuentro hasta necesaria y a veces divertida. "Si muero, quiero que mis libros vayan a la BMC, mi bicicleta para Ni., mis amigos sociólogos que se repartan las películas. Aún no sé a quién le dejaría la cámara".
Es como si olvidáramos que antes del coronavirus la gente se moría, y se enfermaba. ¿Habíamos olvidado que la muerte no se puede desterrar? Y es como si olvidáramos que podemos morir de muchas otras cosas que no son el coronavirus.
El viernes, rumbo a mi encuentro con G., un repartidor en motocicleta decidió pasarse un semáforo en rojo y dar una curva para devolverse por el carril del lado. Yo iba veloz en mi bicicleta y no alcancé a esquivarlo. No llevaba casco. Si no hubiera sido por el freno y por mi pierna derecha, podría haber sido expulsada por la velocidad y golpearme la cabeza.
Tras los gritos, la rabia y la adrenalina, pude reír. Y entendí que formas de morir hay muchas, que lo cómico es nuestro miedo a la enfermedad y a la muerte. Comprender que no se muere solo de coronavirus, sino que existe una abundancia de formas de morir, me resultó aliviador.
Sentimos nervios ante la enfermedad y la muerte, qué bueno, debe ser que algo todavía nos importa.
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