Las palabras y las cosas: mudarse en pandemia
Si quedara a la deriva en un naufragio, en una simple balsa, soportando una enorme tormenta en el mar, cerraría mis ojos, agarraría fuerte mi pecho y respiraría mientras les digo a mis dioses que aún no es el fin del Tiempo: "tengo una cama, y mi cama de la infancia, tengo una cómoda, libros, mi biblioteca". Y quizá repetiría en un murmullo cual letanía: "cama, cómoda, libros, biblioteca, adornos, un gato, mis cuadros"... y así hasta pasar la tormenta y ver brillar la luz del sol.
Sonrío. Hace meses no me trasteaba. Nunca hice un trasteo en una pandemia. En medio de epidemias sí, quizá todas mis mudanzas anteriores fueron en medio de la gran pandemia de estupidez. De eso no hay duda.
Esta vez encontré cajas en un estanco que frecuento desde marzo, cuando todo esto empezó. A veces, rara vez cuando salgo, paso por ahí y compro cervezas con G., ahí también recargo el encendedor. En ese estanco no venden peche y lo atiende un man guapo, pero de esos que tienen cara de cascarle a la mujer... Pobres hombres, no entendieron nada.
El man nos saluda -"Hola nenas!" con su sonrisa de ojos verdes...
Las cajas simplemente estaban ahí y no fue más que pedirlas. Su asistente salió a abrirme la reja, se subió el tapabocas que lo tenía debajo de la nariz (él se toma muy literal lo de tapa-bocas...) y sin proponermelo, ya tenía cajas para los libros. Pero se agotaron con tan solo dos renglones de mis repisas. Faltan muchos libros por guardar.
Hoy empecé a empacar. De a pocos, despacio, con paciencia y espera.
Se siente tan bien estar en el mundo. Si se está es porque se ha estado... Ayer escapé con N. y con G. al potrero. y después entramos a un plantío de caña. Están bajitas las matas de caña, la última vez que fuimos, estaban removiendo la tierra para plantar. Respiramos con y sin tapabocas. Nuestras mascarillas roban oxigeno. Fue tan bueno respirar frente a las montañas, bajo el cielo azul, gris, un poco lluvioso. Luego llovió un poco cuando entraba la noche. Estar ahí con ellas me hizo sentir que estaba en la playa. G. y yo entramos en el mar mientras N. caminaba con la perra por la orilla, la ciudad estaba en la playa, como vi tantas veces antes: Fortaleza, San Andrés, Santa Marta...
Hoy mi madre me dijo que me podía llevar mis matas. Qué emoción. E incluso me indicó cuáles son las que ella considera que debo llevarme. Cuánta vida y cuántos recuerdos con esas matas. "Sus" matas, dijo así. Menos mal que no me envía de vuelta con "su" gato. Al contrario, hace cerca de un mes, cuando empecé a anunciar que me iba, me pidió que no me lo llevara. Claro que no, son inseparables.
Y el zar no podrá estar mejor solo conmigo, la necesita a su mecenas...
Así es que ya tengo un árbol que correré a trasplantar en un parque, una bromelia raquítica muy guerrera que mi madre al parecer nunca ha querido, pero yo la quiero mucho por despelucada. También me llevo un hijo de sábila, una espada de san jorge bajita, un dolar y el bonsai que me dio mi padre.
Así, la imago de mi nuevo hogar cobra colores, tonalidades y sentidos.
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